sábado, 23 de julio de 2011

La pintura como un cuerpo vivo.

La realidad convulsiva que presenta la obra pictórica de Desireé Maldonado no termina en el lienzo. Es la analogía de un universo en expansión, que se abre hacia lo indeterminado.
Su pintura es devenir: Va siendo en la medida en la que se va diciendo a sí misma. Se amplifica y a la vez se segmenta. Así va construyendo un discurso que nombra las cosas vistas desde muy cerca y unidas entre sí por una trama indiscernible de elementos atrayéndose y repeliéndose. Figuras flotando en un escenario cuyo entramado está compuesto por gestos determinantes e impunes. La excitación del color en su prodigalidad expresiva y el trazo firme provienen de una certeza que nos queda muy lejana.
La artista decide no tomar perspectiva de su propio texto visual, lo cual sugiere una presencia omnisciente. La obra, convertida en un ojo que mira de maneras múltiples e interpela en términos de sujeto, adquiere un carácter activo y propicia un terreno donde el espectador puede entregarse a su cuerpo vivo.
La pintura de Desireé no tiene un eje. El ritmo pictórico, el silencio y el acento, el discurrir de la línea y el color preponderante, nos hablan de una pintura casi sin asientos. Nos convence de algo, pero simultáneamente nos quita el sentido del discurso al que apela. Es una pintura interrogante, oracular, dialéctica. Toma presencia en la medida en que nos diluye como espectadores. Nos convierte en el objeto nombrado y, en ese acto, nos obliga al movimiento, al diálogo y a dejarnos seducir por lo aún no dicho.
Vanesa Di Giacomo

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